Alma: La experiencia de Vallarta Adventures que te transporta a otro mundo.

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Vivir el viaje hacia lo desconocido es emocionante, pero si ese viaje es guiado por el misticismo, colores, y el sabor de una cena maravillosa, sin duda es algo que literalmente se siente como un toque al alma.

La tarde empieza en el Pacífico mexicano, y en la Terminal Marítima de Puerto Vallarta, el sol todavía cae dorado sobre los cruceros y yates mientras una fila de viajeros se forma en el andén de Vallarta Adventures. Entre el sonido de risas, pulseras de colores y el murmullo de quienes ya han escuchado que Alma es “el show que hay que vivir al menos una vezen tu visita a la ciudad”. El check-in es ágil, un par de datos, la revisión de la segurridad del puerto y, de pronto, ya se está caminando por el muelle, guiado por la tripulación hacia la embarcación que nos llevará, al atardecer, rumbo a Las Caletas.

A bordo, un “bienvenidos” del animador, León, rompe la timidez; aparecen las primeras rondas de margaritas y cervezas mientras la bahía se abre frente a nosotros como un espejo quieto y sereno. La tripulación bromea, toma fotos, sugiere el mejor ángulo para capturar el último rayo de sol detrás de la silueta de la Sierra Madre o el infinito mar, y poco a poco el grupo de desconocidos se convierte en una pequeña comunidad que celebra lo mismo: estar suspendidos entre mar y selva por unas horas. Cuando finalmente se esconde el sol, el cielo se tiñe de azul profundo y, a lo lejos, empiezan a distinguirse pequeñas luces titilando en la costa, es cuando Las Caletas se revela como un pueblo secreto encendido entre velas y antorchas.

Al pisar tierra, el olor a copal y madera húmeda envuelve todo; el camino se ilumina con velas, figuras míticas vigilan desde la jungla y tambores lejanos marcan el pulso de la noche. Guías y bailarines llevan en silencio a cada grupo a su mesa, terrazas junto al mar, palapas íntimas y plataformas entre palmeras donde el sonido de las olas se mezcla con el tintinear de copas y los cubiertos en platos. Esta vez, la experiencia sube de nivel, la cena está firmada por el chef Paco Ruano, quien diseñó un menú de autor maridado con champaña y vinos de origen mexicano pensados para dialogar con el entorno, una secuencia de platos que viaja del mar a la montaña con la precisión que lo ha colocado entre los grandes cocineros de México, y ejecutado con gran destreza por el chef Javier Loyola, host de Vallarta Adventures, quien ha dejado en alto el nombre y la reputación de la marca. Cada tiempo llega con un breve relato del personal, casi un prólogo sobre ingredientes de la región, técnicas contemporáneas, texturas que juegan con la luz tenue de las velas y convierten la cena en un preludio ritual antes de que se levante el telón.

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Guiados por la misma luz de antorchas, los invitados ascienden al anfiteatro, un escenario excavado en la selva donde la noche parece más densa y el mar golpea, invisible, a unos metros. De pronto, se hace silencio. Un guardián excéntrico aparece en escena, custodiando una pirámide sagrada que funciona como portal entre el mundo humano y el reino de los dioses; a partir de ahí, lo que ocurre es una sucesión hipnótica de acrobacias aéreas, danza, proyecciones y música en vivo que cuenta la historia de un alma que despierta al espíritu de la selva. Las figuras suspendidas sobre el público, la escenografía y la dirección convierten el recinto en un universo paralelo donde el tiempo se diluye entre destellos de luz, cuerpos en vuelo y criaturas fantásticas que se mueven como si el bosque entero respirara con ellas.
El show dura alrededor de una hora, pero la sensación es de haber atravesado un sueño compacto, sin tiempos muertos ni elementos superfluos. A diferencia de otras producciones más estridentes, aquí la espectacularidad no reside solo en el virtuosismo acrobático, sino en la manera en que todo, la música, el diseño de vestuario, la escenografía y el entorno natural, parece responder a un mismo pulso. Es un montaje pensado para emocionar y deslumbrar, para dejar una idea clara, y es que la selva y el mar más allá de ser el escenario, son personajes principales.

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Cuando las últimas notas de Alma se apagan y el aplauso se prolonga más allá de los créditos finales, regresa el murmullo de la bahía y comienza el camino de vuelta al muelle, otra vez entre antorchas y sombras de selva. El embarque de regreso tiene otro ánimo, ya no somos los mismos que abordaron en silencio al atardecer; ahora hay complicidad en las miradas, aquellos que comentan sus escenas favoritas, grupos de amigos que siguen tarareando la música del show mientras la tripulación reparte bebidas en medio del trayecto.

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A mitad del viaje, se apagan las luces interiores del barco y empieza una segunda función, los marineros se transforman en bailarines, cantantes y comediantes en un mini–show que combina coreografías, lip sync y humor, convirtiendo la cubierta en pista de baile improvisada con gente aplaudiendo, cantando y grabando historias para sus redes. Entre tragos, carcajadas y el viento salado golpeando el rostro, la ciudad reaparece poco a poco como un collar de luces en el horizonte; cuando el barco entra de nuevo a la Terminal Marítima, la sensación es clara, y es que Alma no es solo una cena, ni solo un espectáculo, sino una experiencia completa que se queda flotando en la memoria mucho después de que el muelle quede atrás.
Lo que queda de Alma no es solo el recuerdo de una producción impecable, ni la fotografía perfecta a la luz de las velas, sino la sensación de haber suspendido por unas horas la rutina para entrar a un territorio donde el mar, la selva y el espectáculo trabajan juntos para tocar algo más íntimo que la vista, esa zona tranquila donde la memoria se convierte en experiencia y te deja con ganas de querer regresar.