El miércoles 06 de mayo con teatro lleno, música de Tchaikovsky por los altavoces y el icónico telón rojo aterciopelado esperando la tercera llamada, Puerto Vallarta presenció una de las representaciones más exquisitas de la famosa obra “El lago de los cisnes” ejecutado por el ballet de Kiev dirigido por Viktor Ishchuk.
La obra fue creada originalmente por el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky en 1875 y se estrenó en el Teatro Bolshoi de Moscú en 1877. Desde entonces ha sido reinterpretada y adaptada a lo largo del tiempo, pero la historia atemporal del amor y la redención sigue siendo el corazón de esta obra maestra del ballet, por ello, la visión de Viktor Ishchuk no ha sido la excepción, ya que se puede apreciar la gran precisión técnica y emocional plasmada en cada uno de los actos que la componen.
Al abrirse el telón, el primer acto te sumerge completamente en la magia de la obra: escenografía que parece sacada de un libro de cuento de hadas, ocho bailarinas en vestidos terciopelo azul petróleo con faldas de organza en azul caribe, acompañadas de uno de los personajes que se llevó la noche por su carisma y el descanso visual – emocional que representaba en la obra: el bufón, con su clásico traje bicolor rojo – negro y detalles en oro, estos artistas nos adentraron a la historia de amor entre Odette y Sigfredo.
En cada uno de los actos vimos referencias icónicas de Tchaikovsky como el “Pas de Quatre”, el “Petits battements serrés” y el “Arabesque Penché”, pero el momento que más impactó al público, fue durante el tercer acto en el Adagio del “Pas de Deux” del Cisne Negro, durante el baile de gala en el castillo cuando el mago Von Rothbart presenta a su hija Odile, disfrazada mágicamente como Odette (el Cisne Blanco), para engañar a Sigfredo, sellando la traición al jurarle amor eterno a Odile, rompiendo su promesa con Odette y condenándola a la tragedia. Este momento requiere mucha precisión técnica, fuerza y disciplina por parte de la bailarina que interpreta a Odile, ya que dentro de la coreografía incluye la famosa serie de “32 fouettés” (giros rápidos sobre una pierna) y el “promenade”, un giro lento sobre una sola pierna en punta, que ejecuta de la mano de Sigfredo, resaltando la elegancia y el control seductor que Odile ejerce sobre el príncipe.
Para el último acto, la obra nos regaló romance, lucha y versatilidad artística, que denota las horas de práctica por parte de este talentoso grupo de bailarines, desde la destreza de cada musculo de sus cuerpos que cumple con la rigurosa tarea de ejecutar una coreografía tan demandante, hasta los delicados tutús de plato y cambios de escenografía que nos regalaron una experiencia visual armónica y mágica.
Más que una función de ballet, esta representación de El lago de los cisnes fue una experiencia escénica que recordó por qué las grandes obras nunca pierden vigencia.