Empiece por el suelo, si la ceremonia es en arena, la cola larga se arrastra, se llena y se rompe, si es en piedra, la seda pesada resulta espléndida, la geografía manda sobre el catálogo.
Ocho meses de anticipación para un vestido a la medida; cuatro para uno de tienda con ajustes, los talleres serios cierran agenda con esa holgura y las pruebas son tres, corte, ajuste, terminado. Reserve además un diez por ciento del precio del vestido para esos ajustes; siempre se necesitan.
Sobre la silueta, corte A para casi todos los cuerpos y casi todos los sitios, sirena para quien vaya a estar de pie, porque sentarse a cenar con esa falda es un ejercicio de resistencia, imperio para climas calurosos, porque la tela cae desde debajo del busto y deja circular el aire, princesa para catedrales, y solo para catedrales.
Sobre la tela, lino y algodón organdí para el Pacífico, crepé para clima templado, tafetán y mikado para interiores con aire acondicionado, la seda salvaje respira; el poliéster satinado, no, y a las cinco de la tarde en Vallarta esa diferencia se mide en litros de sudor y maquillaje arruinado.
Sobre el color, el blanco puro favorece a muy pocas pieles, el marfil, el champán y el hueso existen porque la fotografía en luz natural revela lo que el probador con luz fluorescente esconde, pruebe junto a una ventana, traiga a la prueba los zapatos que va a usar y la ropa interior que va a usar, con eso, el dobladillo queda exacto. Y la única regla que importa es que si necesita explicarle a alguien por qué eligió ese vestido.